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“ADVOCATUS“. Qué somos, de dónde venimos…

Iniciamos nuestra andadura en este blog con ilusión y con voluntad de aportar novedades jurídicas, reflexiones sobre temas de actualidad, cambios jurisprudenciales que puedan tener repercusión en nuestras áreas de trabajo…y, en definitiva, con intención de compartir ideas que puedan ser de utilidad o de curiosidad para cercanos y lejanos al mundo jurídico.

Para celebrar esta nueva vía de comunicación y a modo de acto inaugural, se nos ha ocurrido curiosear sobre nuestros orígenes, no desde un enfoque histórico, o científico, -ni mucho menos-, sino simplemente desde un punto de vista lingüístico o conceptual, aproximándonos a la etimología del término “Abogado”, la cual, como sabemos, proviene del latín “advocatus”.

El término nos traslada a la época de Justiniano en la que ya se usaba dicho vocablo para identificar a la persona que concurría con el demandante o el demandado y discutía ante el juez la cuestión de hecho, ya que la controversia propiamente de Derecho solía consultarse con un jurisconsulto.

“Advocatus” había derivado de la expresión latina “Ad auxilium vocatus” que significa “el llamado a auxiliar”.

El prefijo “Ad” significa “hacia”, dando un sentido de proximidad, de acercamiento.  La idea de acompañar, de estar cerca, es, por tanto, intrínseca al concepto de Abogado, desde su origen.

La expresión latina “Ad auxilium vocatus” o su traducción actual “El llamado a auxiliar” nos invita a consultar el significado o definición actual del verbo “auxiliar”.

Según el diccionario de la RAE, “auxiliar” es dar auxilio, y tal término viene definido como ayuda, socorro, amparo.

Según el diccionario de Google, “auxiliar” viene definido como ayudar a una persona a salir de una situación de riesgo o peligro, a satisfacer una necesidad apremiante o a resolver un problema importante y urgente.

A esto estamos llamados los abogados, -no lo olvidemos-, a ayudar, a dar amparo, a satisfacer necesidades o resolver problemas. Y para  cumplir tal objetivo no solo precisamos una esmerada formación jurídica; junto a ello, también resulta imprescindible una especial capacidad para escuchar, para conectar, para estar cerca, creando relaciones basadas en el respeto y la confianza con quienes nos llaman en su auxilio.  En el núcleo del concepto de abogado, -como en sus orígenes-, deben residir ideas relacionadas con la capacidad para conectar con diversas situaciones personales, familiares o sociales (empatizar), o incluso con la capacidad de adaptación a los nuevos medios de relación con los demás, -hoy tan variados y tan mutantes-, precisamente con el objetivo de acercamiento o acompañamiento a quien nos pide auxilio.

Aunque a veces resulte ingrata, qué profesión tan necesaria, tan digna y tan apasionante!